Mon Chéri, Ciclotimia (permitame decirle que no estoy loco)
Me han propuesto escribir una carta de amor para uno de esos concursos alentadores que te premian con viajes a las esquinas de algún mundo parecido al nuestro, o con paseos a otras galaxias burbujeantes o de arena. Esta vez hablan de la Argentina, y entonces yo me acordé de vos, porque así me decís vos a mi en mis sueños, me decís “vos” y entonces me hacés pensar, suspirar, reír, me hacés vivir. Aunque yo me lo he tomado muy personal y he decidido escribirle a ver si por cuestiones de la vida o de esas “casualidades” interminables sos una de las que se sienta en esa mesa jurídica; larga, casi lisa y de aromas fríos, llena de cartas, llena de amores.
Me tomo el atrevimiento de confesarlo todo; de confesar que es inaceptable no creer que estaba ahí para que alguien le encontrara. Escena de un crimen (no se ofenda). Sentada, posando placidamente, como a la espera de nada; con un gorro nocturno que tapaba su cara dotada de líneas escondidas. Misteriosa. Para ese entonces parecía invisible, contemplaba recostada de la ventanilla algún sueño movedizo. Le delataba el bostezo con ñapa de lágrimas, y noté que llevaba con usted un bolso, donde guardaba el azar y otros secretos, o tal vez sólo un par de figuraciones mías. En ese momento me vi completamente obligado a preguntarle cualquier cosa; sobre el día internacional de la hormiga, ¡no sé! al menos para dejar a un lado la bendita inmortalidad del cangrejo, que está tan repetida como el “disculpa, ¿tienes hora?” ó “¿Nos conocemos?”. Y a diferencia de otras veces que sólo imagino lo que quiero hacer en el momento, esta vez no lo dejé escapar; le pregunté -y usted es testigo-, y me di cuenta de que lo hice porque empezaba a salir del escondite en el que estaba; como la flor que emerge de la tierra, empezaba a descubrir su cara, y poco a poco salía de su boca una nariz caracolada, que desde la boca ascendía por su cara arrastrándose pasivamente hasta adherirse completa entre sus pecas. En aquel fin de esa nariz desnuda, de espalda contraída, empezaban a descombrarse dos metáforas mordaces y finamente delineadas, que apenas abiertas, desmayaban sobre las letras de mi camisa (“Rock & Roll since 1987”). Y yo, el propio idota en suspenso; con la boca lista para aterrizaje de mosca ciega.
(Ahora suena “La Vie En Rose” Versión: Louis Armstrong. ¿Bailamos?)
Me miró, y convertió ese pequeño instante de distancias cortas y lánguidas en un lindo crimen (vuelvo, no se ofenda con lo del crimen, es algo que le agradezco). Un crimen de distancias cortas, disecas, vibrantes. Insisto, distancias cortas. Me respondió usted con una pregunta; ya no recuerdo cuál. ¿Estrategia? Y vaya agonía la mía, luego de ese primer beso de contemplaciones; tropiezo de miradas, preludio de tonos miel, olores tibios, escondite de pretéritos tímidos, y felicidad súbita, que me dejan culparle. Empezó a conversar y a dejar escapar una que otra vez la mirada; se inventaba elementos que flotaban en el aire, y que descendían en el viento a paso de vals; bailoteaban con sus ojos; concebía su caída sobre mis pelos, o mis cejas. A otros los enredaba en mis pestañas, y mis favoritos eran aquellos que superponía entre mis ojos, que como gotas de agua se deslizaban hasta la punta de mi nariz, y justo en ese momento… usted sonreía.
Le veia disfrutar el vértigo de aquella gota frágil que luchaba por su vida, que inmóvil en la cima de aquella nariz, prevenía inútilmente la caída hasta estrellarse en mi labio. ¡PLAF! y te delatas. Jugaba usted con sus palabras salpicadas de certeza y osadía tinta, jugaba también con mi olfato, que perseguía el movimiento de sus manos. No se imagina el trabajo arduo (divino) en el que estaba; dejar escapar mis sentidos, que como diría Víctor Hugo, parecían niños inquietos desarmando juguetes hasta encontrarles el alma. Sí, mis cinco sentidos (el tocón, el besucón, el mirón, el fisgón que lo huele todo, y el que sólo escucha, que nunca me mete en problemas) jugando con los suyos. Y al mismo tiempo en mi mente, de manera apresurada, cocía la última letra de una palabra suya con el comienzo de la otra (para no perder el hilo). Tanto trabajo, y tanta costura para luego responderle con un interesantísimo, diplomático, y nunca fuera de lugar: “Hmm, claro” “Entiendo”… Y así pasó todo, hasta que se fue, o me fui, me dejó, o le dejé ir.
Yo me quedé, me quedé perfectamente cursi. Contraje el virus de la sonrisa ajena. Su sonrisa, que existió por horas en la mía; y aquellos síntomas han sido eternos, han afectado constantemente al insomnio de mi insomnio, proponiéndole que duerma. Me dio el síndrome de la incongruencia, pasé días diciendo cosas inadmisibles. Hablar de la influencia de la gripe en el inglés, por ejemplo. Y más. Constante pérdida del sentido común, tic nervioso en la punta de la lengua, confusión entre el color negro y el fucsia, monólogos de diez a quince minutos, constante atracción por el horizonte y/o cualquier techumbre, escalofríos en mis meñiques, superabundancia de suspiros, ardor en las costillas, cosquillas en la panza, mariposas desveladas, guacamayas enjuiciadas, águilas, tortugas, chimpancé, elefante, volcán púrpura; y como le seguía diciendo: la influencia de la tos en el francés consiste en…
De pronto me enamoré, verá, me enamoré de una cajita de sorpresas, donde cada noche, por los callejones de mi cama, un desfile de hormigas delincuentes me regalan un espectáculo irrepetible. Me encapriché con esa intriga nocturna que me dejó, intriga de capa escarchada, de deseos fugaces, espera indeleble, minutos suicidas. Tengo una colección de canciones tercas, con títulos tenaces (“Cosas Imposibles”, “Crimen”, “Tu cicatriz en mí”, “Me quedo aquí”, “Alfil sucede”, “Uno entre mil”, etc.) de las que no quiero escapar. Me encapriché con el desvelo infantil y estático, con las texturas de mi almohada, que se adhieren a mi cabeza, a mis credos. Me gusta la impaciencia de mis caricias, que se encarcelan entre mis manos, y el envejecimiento del espejo.
Me enamoré más que nunca de las instrucciones de Cortázar, de los elogios de Vargas Llosa, del perfume de Süskind, de la locura del Quijote, de la fidelidad del panzón, de la belleza Dulcineana, de algún poema #15, de algún Neruda. Y resulta que no me canso de ser hombre, y me enamoro de los microsegundos, micro detalles, micro advertencias... Me enamoré madame, del pasar, del venir, (esencia de su ausencia) del estar, esperar. Y me gusta saber que está condenada a ser esta carta, y que yo me hundo en estas letras para que me descubra; me descubra en este baño de verbos hambrientos, de dulces tormentos, de micro multitudes.
Ya no escribo más; sigamos bailando.
Venático Alfalfo.