Octubre 6.
Confieso, he sido yo quien ha matado a Janis Joplin.
Octubre 5.
“She's so cold, she's so cold
She was born in an arctic zone
She's so cold she's so cold, cold, cold
And when I touch her my hand just froze”.
David a penas le veía los tenis beige al Cholo por debajo del cajón, que estaba en medio de la habitación fúnebre; estaba quieto, a veces se le inflaba el pecho. Le miraba las patas al Cholo, jugueteándose entre ellas con las puntas del zapato. Aburrido. Inquieto. Hueco. Na’ más que así diría el Mick Jagger, David, “I'm so hot for her, I'm so hot for her”, ¡ah! con el Richards, Buen carbón, ‘se si que sabe escupir ¿verdad?..., ¿Tú qué?, ¿No hablas?..., “And when I touch her my hand just…” ¡Pinche! Déjala, no te encueres wei, tampoco es tu vieja la que está fría, se paró y echó un vistazo a la urna, No más mira cómo te puso de menso esta, si al menos hubieran sido los Dodgers. No dio tiempo de nada, Cholo, dijo mientras zigzagueaba con los ojos. Pinche, recógete la baba de la cara, carnal, y cierra el hocico no más pa’ que te veas serio en la prensa, decía el Cholo mientras se pasaba un peine por la cabezota y se acercaba un reportero de Los Ángeles Times.
“Yeah, I tried re-wiring her, tried re-firing her, I think her engine is permanently stalled, She's so…” Canté con el gordito mientras no hablaba babosadas. Canté en mute. Estaba sentada a cinco bancos de distancia de uno de ellos. Y escuchaba todo lo que hablaban. Supe de ese chico, David; que estaba enamorado de Janis y según el gordito trovador, se la tiró. Eso último me causo gracia, qué tan caliente pudiste estar hace un par de noches, Janis; y ahora un iceberg, nena. Yo no me movía. A veces, para darle una calada al cigarro. Traía puestos esos lentes oscuros que le gustan tanto al primo Juan, Te pareces al Dylan, dice riéndose y se le erizan las cejas. En esa funeraria todos estaban muertos. Hasta el negocio estaba muerto.
Estuve un rato largo en el mismo lugar. Husmeando, sin mirarle la cara a nadie. Me perdí largo rato recordando esa canción que me gusta tanto. Janis, me la cantó anoche, me contó varias anécdotas de la canción La compuso en Culver city, hace un par de años. “A woman left lonely will soon grow tired of waiting, She'll do crazy things, yeah, on lonely occasions. A simple conversation for the new men now and again… Honey, she doesn't understand, ¡no! ¡no! ¡no!”. Mute.
Yo la maté anoche. Estoy segura, y ahora estaba ahí. Nadie sabía de mí. Me hallaba mirando la distancia que había entre las paredes doradas llenas todas de cuadros de Kandinsky y el ataúd. Escuchaba el llantén de unas tías-Trompetas, y el lamento de un par de flores deshidratadas que hablaban de ella. Dorothy siempre quiso que Janis fuera maestra. ¡Ah! Pobre Dorothy, decían. Y yo estaba ahí. Pánico. Yo la maté anoche, y en frente estaba un pájaro herido, borracho; zapateba sobre el suelo cantando un himno a las plazoletas libertinas; rato después contaba a chilladas cuando Janis en la secundaria se tiñó el pelo de naranja y se unió a una pandilla de pájaros radicales. Y yo estaba ahí. Yo la maté anoche. Un hombre sordo proponía minutos de silencio. Una mujer blanca-pálida, con piernas de flamingo bostezaba desesperada. ¡Ah! Y yo estaba ahí, drogada, perdida en el extraordinario eco de unos sapos rusos. Todos inquietos como hidras hablaban al mismo tiempo. Era buena, Si, Una mujer de reflexiones melancólicas, Sí, una mujer de sexo breve, ¡No! Leve, Hace unas semanas Murió Hendrix, ahora Janis, Ya no nos vemos tanto, sino en funerales, etcétera, etcétera. “Bobby sang the blues, yeah. Windshield wipers slapping time, I was holding Bobby's hand in mine, We sang every song that driver knew.” Mute.
Octubre 4.
Seré breve. Estábamos en la habitación del motel de Los Ángeles, donde Janis vivía completamente sola. Ingerimos todo. Sonó el teléfono. Un tal David la llamaba; ella fue bastante indiferente. Mirábamos un episodio de The Goodies. Janis venía de unas grabaciones del “Pearl”, se trajo con ella un par de amiguitos a los que le coqueteaba con frecuencia. Me prestó uno a mí, amigablemente. Yo apenas la había conocido en persona hace un par de días y ella ya me estaba invitando unas cervezas. Cantamos buen blues y hablamos de viudas y lechuzas, de atropellos, hospitales, pudores, sonetos, intrapolaciones, del amor. Now take a new drink, baby. I’ll be back soonly. Just want this guy to fuck me and leave me, then, dijo, y se llevó al chico al baño de la habitación. ¡Wow! Estaba en la habitación de Janis Joplin, con ella. Estaba bebiendo con ella. Y esperaba por ella a que saliera con ese chico del baño, mientras terminaba mi trago. Excuse me, dijo acercándose, el otro, que había quedado a solas conmigo. Tenía rato sin mirarlo. Sabía que yo hablaba español también, y buscaba la manera de seducirme con un español bastante maltratado por la vida, Res bonite, ¿What? I did’n get it, sorry, dije. Res mo bonite, you’re so beatiful. ¡oh! Thanks. Se me acercaba lentamente sin quitarme la mirada de los ojos. Le veía tres cabezas, luego una, ahora tres, una otra vez. Me besó. En un segundo se bajó el cierre de sus jeans, me subió la falda y me cargó profundamente. Me miraba con la boca abierta, los ojos grandes y rezagados, y el cuello rebosado de venas gruesas y fértiles. Sonó el teléfono nuevamente. Se incrustó en mí y en cuestión de segundos me soltó sin decir más. De inmediato salió Janis del baño, con un cigarrillo en una mano, y un trago en la otra. Agitada. Salió despachando a este par de chicos. ¡Vaya mujer!
Conversamos por horas. Le conté a la Joplin cuan a menudo escribía, y cuanto me gustaba ella y su música. Me atreví incluso a leerle seis líneas que escribí hace un par de años luego de tener un sueño amatorio con ella. Empezó a reírse a carcajadas, sin parar, se ahogaba con el trago y fumaba para retomar el aliento. Empezó a perder el control de su risa vigorosa, por más de quince minutos, tropezaba agotada con algunos muebles, y estaba completamente color carmesí. Sin oxigeno. Nunca pensé que le causaría tanta gracia; realmente nunca pensé que le leería esto a Janis Joplin ¡joder!; pero lo que realmente nunca me imaginé fue que Janis Joplin moriría por un ataque de risa esa noche, luego de terminar de leerle esas seis líneas, que por último decían: “su tercer hijo. Lo llamó Bobby McGee.”