martes, 29 de enero de 2008

Descontinuar la casa.

Escribo y pronuncio cada una de éstas letras con el borde de mis dedos. Podría titular cualquiera de estos días como el comienzo de una ruta; me fascinan las rutas. Podría también subtitular el prestigio de cada noche como predilecta. No pierdo la costumbre de sentarme justo aquí, alrededor de una geometría de ideas de parque y mar -se sabe de árboles con formas inútiles, de esquinas invadidas por alguna hormiga que le dice a otra que le diga a la otra, y a la otra, y así-. Hay un mar de papeles pálidos -pobres hojitas de papel-, de cables medulares que hacen descontinuar la casa. Hay un albergue de libros enjuiciados que protestan por su derecho a recibir aire de un ventilador; hay unos que cantan, otros sordos, otros tibios; algunos no saben qué hacen aquí. Evitemos un etcétera. A mi derecha está doña canción, me habla de una fibra tejida; me viene a la cabeza algo vivo -una medusa hecha por mi abuela-. En los lados izquierdos del mismo lugar está sólo el espejo que hace de 'cualquier cosa', otra 'cosa cualquiera'. Por último el ombligo de una pared, donde intervenimos a diario quienes sabemos de balcones, aeronaves y enamoramientos. 

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